LA CAJA NEGRA DIBUJO Y PINTURA

LA CAJA NEGRA 
Indicios de lo real y prácticas significantes


“…busco el silencio donde la memoria se vuelve colectiva,
donde el ser humano  se disuelve entre el tiempo  y el espacio…"

I

Tal vez en la creación actual del arte colombiano encontremos tendencias que involucran en sus procesos gramáticas formales y conceptuales  enfocadas a generar un dialogo con el presente, interactuando desde una plataforma local endémica,  con la aldea global, expandiéndose por acontecimientos políticos, sociales y culturales. La práctica artística  se mimetiza con el presente en una relación más penetrable, socialmente activa y participativa, y cuya interacción permite mediaciones  entre los acontecimientos de la realidad y los registros e historias  que participan en la construcción de su memoria, como en su conservación y reconstrucción en nuestro mirador contemporáneo.

En dicho diálogo, tal vez el índice que ha marcado transitoriamente la creación plástica colombiana durante el último siglo, ha sido el de la ampliación de sus terrenos entre arte y violencia: el desarraigo y la deslocalización de un territorio identificado como propio, pérdida sicológica de individuo y colectividad, en suma,  pérdida de identidad y memoria, cuyos enfoques visuales y conceptuales se han convertido en testimonios críticos, irónicos y burlescos de nuestra realidad social, abordando el psicodrama colombiano.

El fenómeno generado por factores como el conflicto sociopolítico, la persecución política y la insurgencia armada, el desplazamiento forzado de los centros rurales y agrícolas a los centros urbanos en condiciones de extrema marginalidad, así como el resquebrajamiento de un desarrollo socioeconómico producto  del desarraigo generacional producido por las prácticas del terror, la violencia, la guerra y el narcotráfico, son pruebas fidedignas de éstas tendencias, marcadas por la correlación entre el arte y la vida, entre la plástica actual y su contemporaneidad.

La reconstrucción de la memoria, esa que deambula por todos nosotros, como conciencia de lo que somos y que es  identificada como propia, se ha tomado como práctica investigativa en las ciencias humanas, como un factor etnográfico buscando  reconstruir  los hechos a partir de sus fragmentos, de sus indicios, de sus huellas; presencias que son el último reducto entre su acontecimiento  real y su desaparición. Una reconstrucción de la memoria a partir de sus micro relatos, signos  sociales, antropológicos, etnográficos; de  objeto-fragmentos que perviven de la catástrofe como reducto de su materialidad y que reconstruyen su irremediable fatalidad. (En sus ruinas asistimos al espectáculo de su desaparición, al espectáculo donde el sujeto se desvanece por el signo de su asolación).

Dentro de este contexto presenciamos los signos de su accidentalidad, de las prácticas de la violencia, el horror y la muerte: torturas,   suplicios, masacres hacen parte de la instauración del horror sobre el cuerpo, signos derivados   de la naturaleza de la catástrofe, de la deslocalización y la pérdida de territorios, hasta la devastación general o parcial de una comunidad por acciones naturales o humanas,  los signos de la catástrofe destruyen el espacio físico y mental del individuo y su colectividad, generando una perdida  de identidades, de experiencias, de generaciones  y  su irremediable desaparición.

Las tecnologías  aplicadas al espectro electromagnético han expandido la presencia de lo real hacia la  aldea global: el mundo ha sido informatizado, La tecnología privatizada y el hombre mediatizado. Sobre dichas aplicaciones las tecnologías de la memoria, con los registros informáticos pueden abarcar  el campo de la catástrofe, registrar y proyectar su impacto socio geográfico vía satélite.  Las tecnologías de la imagen han sobrepasado el acontecimiento como presencia de lo real, como simples registros visuales específicos de la realidad, por la proliferación de signos -por transmisión de datos electrónicos- y la procesión de sus simulacros y sus virtualidades. La realidad y los signos de la realidad se desvanecen por sus acontecimientos y sus reconstrucciones.

Entre las distintas reconstrucciones de lo real, los micro relatos instauran una práctica del recuerdo, una excavación de sus ruinas, una arqueología individual. Las prácticas artísticas actuales tienden a interactuar sobre dichos procesos, en el inventario de lo real, en el rescate de una memoria partiendo del estudio de sus hechos y sus registros físicos, un análisis dirigido más al individuo como colectividad específica, emplazando una forma de mapa mental, una especie de cartografía donde se hace el levantamiento de todo un espacio colectivo de la memoria. Sobre el anterior marco referencial la plástica contemporánea se perfila como un campo expandido donde las prácticas visuales y espaciales abren sus posibilidades discursivas y expresivas en forma de  mecanismo  más enfocado a la reconstrucción de un diálogo con los territorios de la memoria, que a prácticas con modelos convencionales de representación.


 
El Artista como facilitador social, puede remitirse a las arqueologías personales, mostrando los fragmentos perdidos de su cotidianidad, los acontecimientos que generaron una pérdida y una deslocalización de los espacios de identidad considerados como propios y colectivos de su comunidad. La familia, la casa, el barrio, el trabajo comunitario, la educación, la sociedad y la ciudad, se convierten en signos de lo real desterritorializados por los acontecimientos contemporáneos de la guerra y la destrucción en la mayor parte  de nuestro país.



II

En su trabajo plástico más reciente,  titulado “La Caja Negra: dibujo y pintura”, el artista colombiano Raphael Gavilar,  hace que la pintura se diversifique por recorridos visuales que han sido retomados de textos y notas de su diario, de dibujos y bocetos de su propia cotidianidad. Fragmentos de una arqueología personal que al ser dispuestos en un montaje escénico configuran un ambiente penetrable, propicio para el encuentro y el diálogo, a partir de signos y referencias arquetípicas en su pintura, formulando interacciones entre el espectador y la obra, el hombre y la importancia por la reconstrucción y consolidación de una  identidad colectiva, por el reencuentro con imágenes que de cierta forma provienen de  la entropía entre el recuerdo y el olvido. Gavilar formula, en este trabajo especialmente, una práctica renovada con los propios  indicios de la memoria y antepone cualquier signo de lo real por referencias ilusorias que articulen su pintura con fragmentos de su vida y sus acontecimientos, con recuerdos marginados de los espacios de la identidad, por la devastación, deslocalización y desterritorialización del individuo y su colectividad. No un índice de su desaparición sino una evidencia en su reconstrucción a partir de un dispositivo como acción plástica específica: La caja negra: Aunque  dicha maquinaria derive  de una tecnología de la memoria, el aparato mnemotécnico sólo indica, registra y sirve de evidencia del plan de vuelo, así el avión nunca presente una accidentalidad el registro de la caja negra es inalterable.

En este caso, La caja negra  de Gavilar registra fragmentos de la vida, recuerdos que han sido un encuentro con nuestras interioridades, nuestras ruinas, nuestros propios índices de memoria. Y que se pretenden salvaguardar como evidencia, con el interés de pensar permanente desde el arte, al hombre en su estado más humano, y por que no afirmarlo, más natural y vulnerable a los propios acontecimientos.


La relación de su pintura lo aproxima hacia las prácticas actuales del arte contemporáneo colombiano y su tendencia a socializar más el conflicto desde las artes visuales, pero no es un derrotero a seguir por el arte actual como una práctica asistida o parcialmente legitimada. Su práctica pictórica está más enfocada a entablar una relación personal, una especie de inmediatez entre una clase de imagen que puede eclipsarse sobre sí misma en forma de enigma, y que puede afectarnos o  involucrarnos en su imagen y su materialidad  en el momento que disponemos nuestra observación en ella; en ese instante la empatía, la evocación, la meditación penetra en la obra consolidando un diálogo que existe entre eso que es diferente para mí, como observador, y eso que posiblemente me esté mirando, observando, confrontando y cuestionando como espectador. Una presencia-ausencia preferiblemente,  que me hace irremediablemente ser parte de la obra, un reflejo en el espejo, convivir y conocer el espacio plástico, como una parte íntima de cada individuo y un espacio colectivo de la memoria.

Así  su pintura instaura el signo de una reconstrucción espacial, el signo de un lugar evocativo para el recuerdo, y el acontecimiento que involucra fragmentos de nuestra cotidianidad para el reconocimiento y asimilación de nuestro estado de amnesia.

En su proyecto anterior, titulado “Atlas: ejercicios pictóricos”, presentado en la  Pinacoteca del Palacio de Bellas Artes de Manizales, Gavilar explora en una serie recurrente de pinturas un cuerpo unificado como soporte espacial, exagerando su dimensión de forma y contenido hacia un espacio plástico más expresivo y gestual. Sus texturologías son precisamente un registro visual de territorialidades, donde prima la abstracción formal y expande  el contenido por una pintura más matérica, más dinámica en yuxtaposiciones cromáticas y experimentaciones técnicas. Este trabajo es  enfocado más hacia el espacio expresivo que discursivo, el espacio de un territorio impenetrable del que surge la explosión plástica que anuncia su vitalidad, y que inexorablemente desaparece entre los espacios de nuestra colectividad, nuestros límites espaciales, y los espacios que imaginamos arbitrariamente como nuevos territorios. La nueva espacialidad que se convierte en signo de lo real, pero que no muestra su cotidianidad ni sus fenómenos, un espacio que en cierta manera se nos presenta vacío de lo social, un espacio inexplorado y virgen del que podemos sacar provecho, tan sólo como ilusión, en la construcción de lugares de identidad y memoria.

El Atlas es la cartografía del espacio físico, abstracción de la razón hecha por los signos y los registros de lo real, que la pintura articula y transforma en mapaciones que presentan coordenadas inexistentes, ilusorias, imaginarias, configuradas  siguiendo la accidentalidad de sus procesos plásticos.

La idea de Atlas en gavilar plantea dicho espacio geofísico sobre superficies específicas cuyo  fenómeno espacial se muestra a una distancia casi imperceptiblemente. El mapa es una memoria donde su pintura instala una cartografía nueva explorada por el artista y que necesariamente nosotros, los otros tendremos que explorar: la catástrofe, el espacio caótico, entre la memoria y el olvido, la virtualidad.




Escritos Periféricos:
Texto Crítico del  Proyecto La Caja Negra Dibujo y Pintura
Museo de Arte del Tolima.  Ibagué. 2008 
© Alejandro Viana  Castaño
Artista Plástico.